Llegar a Teherán a la una y media de la madrugada es toda una experiencia. Tras unas horas de autobús para llegar a Barcelona en las que el cuello sufre en los virajes mientras uno procura dormir sin éxito, y tras dos vuelos en los que tampoco logro llegar a dormir cómodamente como siempre, este peculiar país llamado Irán me da la bienvenida. He viajado hasta Estambul con mi hermano, con lo que todo ha sido más llevadero. El se dirige a Nepal para realizar un trekking de dos semanas con su amigo Manolo. Luego seguirá otras dos semanas en el país hasta que volvamos a reunirnos en Estambul para pasar diez días juntos a finales de mes. Lo he acompañado hasta su puerta de embarque para el vuelo a Kathmandú, y al despedirnos, por poco dejo escapar una pequeña lágrima de la emoción que he sentido al verlo partir a la aventura. Estoy orgulloso de el, me alegro de que se embarque en su propio viaje hacia un lugar con tanto por descubrir, con tanta historia, con tantas experiencias a la espera de ser vividas y recuerdos a la espera de ser grabados en su mente y corazón. Buen viaje hermano!

En cuestión de una hora y media obtengo el visado de 30 días para la antigua Persia, no sin antes tener que rellenar varios formularios, firmar aquí y allá, pagar y esperar a que añadan al pasaporte una página completa adhesiva con mis datos. Una vez fuera, decenas, por no decir centenares de taxis vienen y van en busca de viajeros a quienes llevar al centro. Charlo con Hassan, taxista nocturno, mientras compartimos unos cigarros hasta que le pido que me lleve a la ciudad ahora que ya no siento las piernas tan agarrotadas como antes. Su viejo Peugeot hace un ruido estruendoso, fuerza las marchas y decido atarme el cinturón​ a los pocos metros de haber arrancado, aunque este salta por los aires en el primer bache. Hassan ríe y enseguida me ofrece un té mientras avanzamos por la autopista a 120 kilómetros por hora. Mientras sujeta el volante con las rodillas saca de debajo de su asiento unos vasos de cristal y un termo del cual sirve un te hirviendo. Por si fuera poco, empieza a llover y se reduce la visibilidad. Prendemos un cigarro cada uno, se nubla el habitáculo, yo no veo nada, la calzada está oscura y me pesan los ojos por el cansancio, no obstante, por la ventanilla logro distinguir los minaretes de algunas mezquitas y grandes edificios que se alzan cuanto más nos adentramos en la capital del país.

Son pasadas la cuatro de la madrugada cuando me deja en la puerta del hostel, abierto a todas horas, aunque a pesar de haber reservado cama hace unas semanas, está completo. Me indican cómo llegar a otro lugar a diez minutos caminando y aunque no estoy disgustado de que hayan perdido mi reserva, si estoy agotado cuando al fin me puedo estirar en una cama a oscuras para no despertar los demás viajeros.
El lugar está bien ubicado, cerca de la estación de metro de Mofateh por la cual me dirijo a Tajrish después de comprar por 1,5 euros una tarjeta para dos días de transportes públicos para la ciudad. Estoy rodeado de rostros curiosos, observan a un turista somnoliento. Y es que tan solo he dormido cuatro horas en el hostel, estaba ansioso por salir y empezar a descubrir Teherán. Todo es nuevo, los colores, los olores, el idioma y las normas. El metro se divide en varios vagones, unos son exclusivamente para mujeres, aunque también se suben unas pocas en los vagones para hombres de vez en cuando y se les cede el asiento. La gente es educada, poco ruidosa y de rostros amables. Vendedores ambulantes​ de mecheros, cinturones, mochilas y decenas de otros productos se suben y bajan en cada estación para tratar de vender sus productos. Afortunadamente la pantalla electrónica indica los nombres de las paradas en inglés, todo lo demás, hasta ahora, son jeroglíficos para mi. Me adentro pues en el bazaar de Tajrish, al norte de la ciudad, para dejarme llevar por las mareas de gente que hay en los estrechos callejones empedrados. Especias, frutas y verduras, alfombras, joyas, aquí está todo lo que uno pueda buscar. Yo encuentro a buen precio una tarjeta para el teléfono con la que poder acceder a la red y estar relativamente comunicado con familiares e amigos. He tenido que descargar un programa al teléfono para poder engañar a los servidores nacionales y así poder acceder al correo electrónico o a muchas otras páginas web que están aquí prohibidas. La conexión es lenta aunque suficientemente rápida para recibir un mensaje de mi hermano, ha llegado bien a Kathmandú y ya está listo para la aventura.

La gente camina con calma, y yo hago lo mismo hasta detenerme a comer en un pequeño callejón una especie de Frankfurt con setas y salsa picante por unas pocas monedas. O eso creo, ya que estoy hecho un lío. Llevo dólares, euros, liras turcas y riales iraníes. Y aunque la moneda es el Rial, se habla en tomanes. Tengo un millón y medio de Riales en el bolsillo, lo que vienen a ser ciento cincuenta mil tomanes o unos casi cincuenta euros. Debo acostumbrarme a hacer el cambio y a no equivocarme entre Riales y tomanes.

El resto del día va a ser tranquilo, caen algunas gotas desde el cielo, se oyen algunos truenos de vez en cuando a lo lejos y mis piernas están cansadas. Mañana pasaré el día con Helia, a quien conocí hace unos meses a través de CouchSurfing. Me ha estado ayudando y aconsejando estas últimas semanas sobre su país y va a enseñarme parte de la ciudad. Esto acaba de empezar.

Merci Teherán.


 

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