Puntual, el Dögu Express llega a la estación de Erzurum, dónde el frío me hace tiritar levemente a pesar de llevar una chaqueta de plumas. Y es que ésta es la segunda ciudad más fría de Turquía. Hace apenas dos días nevó y todavía quedan grandes manchas de nieves en las montañas que me rodean. Es una ciudad tranquila, como así lo es Batman, donde pasé un par de días con Mohammed. La comida es deliciosa, muy jugosa comparada con Iraq o Irán, cosa que mi paladar agradece. El té, sigue siendo buen té, pero el mejor de todos lo encontré en Erbil, y las personas, siguen siendo acogedoras. ¿Qué más puedo pedir?

Le digo adiós al Kurdistan, esta región tan peculiar dividida en cuatro países, con tanta historia, con tradiciones que se mantienen vivas y costumbres para deleitar a los pocos viajeros que se adentran en sus tierras. He hecho muy buenos amigos estas ultimas semanas, he encontrado aquí cosas de las que aprender y visto con mis propios ojos cosas que te dejan sin palabras… Cientos de experiencias, algunas duras, otras alegres e incluso tristes. La suma de todas ellas será en un futuro la respuesta a la pregunta que tantas veces me harán. ¿Que tal tu viaje? preguntarán. «Simplemente increíble» contestaré. Y es que aunque esto no haya terminado, estoy seguro de lo que queda por venir en los próximos diez días será también interesante y digno de ser vivido.
Me marcho del Kurdistán sin saber cuando volveré a sus tierras, aunque volveré.
Ahora debo seguir mi camino hacia Estambul, para reunirme con mi hermano dentro de dos días. Estoy ansioso por pasar unos días en la ciudad, reencontrarme con viejos amigos y descubrir tesoros con mi hermano. Además, llevaremos a cabo la tercera parte del proyecto todos juntos una vez reunidos. Son muchas las organizaciones que hay en la ciudad y será solo cuestión de escoger la que mejor se adapte a nuestra idea, o más bien, la que más nos llame la atención y nos llegue al corazón. Al fin y al cabo, es así como siempre he decidido dónde ayudar. Siempre me he dejado llevar por las historias de las personas, por las miradas, por lo que siento dentro de mí.
Espero poder hacer algo grande, espero poder ayudar a muchas personas y porque no, inspirar a otros a hacer lo mismo. Estoy convencido de que con pequeños actos, podemos cambiar el mundo, tan solo es cuestión de iniciativa. Mirad sino, todo lo que estamos haciendo.

Tal y como lo había imaginado, el Dögu Express llega al andén lentamente, con agudos sonidos por la fricción de los metales. He logrado comprar un billete hasta Ankara, su destino, a pesar de que suele estar lleno. No es precisamente un tren turístico, es lento y algo ruidoso una vez en su interior. Lo que voy a hacer en 22 horas de viaje se podría hacer en apenas dos horas en avión, o en unas pocas más en autobús, aunque dispongo de tiempo para esto. Para poder disfrutar de los paisajes cambiantes según avanzan las horas, para cruzar gran parte de Turquía cómodamente en mi camarote. Dispongo de dos butacas, de nevera, de escritorio y de una cama esponjosa con sábanas limpias en la que dormir esta noche. Siempre me han gustado los trenes, tienen algo de romántico y de autentico a la vez. Es, para esta ocasión, el mejor medio de transporte para descubrir este país desde una gran ventana panorámica por la que ver embobado grandes llanuras, valles angostos con ríos bravos y quedar fascinado con todo ello. Llevo seis horas pegado a la ventana, y ahora que la noche empieza a caer, es cuando el silencio de la oscuridad me induce a escribir un rato.

Éstas últimas cuatro semanas han pasado volando, es ahora cuando me doy cuenta de que llevo un mes fuera de casa viajando por lo que algunos llaman «el eje del mal». Por lugares de los que tan solo me llevo buenos recuerdos. Todo ha sido mucho mejor de lo que imaginaba desde el principio, he dormido en lugares muy distintos, desde casas autenticas persas, donde todo son alfombras y la vida se hace a ras de suelo, en una universidad junto con otros 100 alumnos a punto de graduarse, y en casas de muchas personas distintas en estos tres países por los que estoy viajando. )Aquí, uno podría viajar indefinidamente sin prácticamente ningún coste gracias a la hospitalidad de las personas.) He comido cosas de todo tipo, platos cuyos nombres he olvidado al instante por su difícil pronunciación e incluso he asistido al primer «Iftar» del Ramadán de este año en el que ma han convidado, al igual que a cualquier otra persona de la ciudad, a un plato de comida caliente tras el último rezo de la tarde. Viajar, es aprender, es también madurar. Y creo que lo estoy logrando. Todo esto es lo que pienso mientras algunas gotas golpean en mi ventana, en este 28 de mayo de 2017, mientras el Dögu Express ralentiza su marcha suavemente para que en una pequeña estación de un pueblo perdido en medio de la nada se suban algunos pasajeros más.

Dicho todo esto, y estando a punto de abrir el vagón restaurante del tren, voy a echarle algo al estomago para luego caer dormido mientras me mece el movimiento del tren.

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