Estambul, es, por decirlo de alguna manera, mi hogar. Un lugar que hecho de menos siempre que lo dejo atrás. A pesar de no haberme agradado jamás las grandes ciudades, ésta, tiene algo que la hace especial en sus calles, en sus colores y olores. Y sobre todo, tiene personas que considero parte de mi familia. Aún sin hablar el mismo idioma, y teniendo que hacer uso de traductores casi en cada conversación, la conexión con todos ellos es sincera. Va más allá de las palabras, las sonrisas y los gestos lo dicen todo.

Los dias se suceden, uno tras otro, mientras poco a poco descubrimos, con mi hermano llegado de su periplo por Nepal, esta gran ciudad con tanta historia. Ya os contará él mismo, con sus propias palabras, lo que ha descubierto en su viaje que sin duda alguna ha sido toda una aventura. Nepal es un país al que siempre he deseado viajar, aunque no se muy bien porque, lo estoy dejando para otra ocasión. Supongo que ya llegará el momento… Junto con Ozkan, Dilek y mi hermano nos adentramos en calles por las que los turistas adictos a los “selfies” no transitan, donde uno puede sentir la autenticidad de la ciudad. Evidentemente, nosotros también visitamos las grandes atracciones, y tambien fotografiamos los lugares, aunque nos dejamos llevar, no por los reclamos turísticos masificados sino por la curiosidad. Salman, el kurdo del Rostyya nos sirve otro té mientras van y vienen personas a hacer lo mismo que nosotros, charlar y beber a sorbos nuestros tés servidos en pequeños vasos de cristal. Las conversaciones son largas, variadas, aunque nunca faltan risas. Aprendemos nuevas palabras en este difícil idioma que hacen reír a nuestros amigos, mientras nosotros también reímos con ellos al oírlos pronunciar palabras en castellano de difícil pronunciación. Una cosa está clara, el nombre de mi hermano les fascina. “Jooooaaaan Maneeeeel”, dicen con tono romántico, alargando al máximo las letras. Algunas personas creen que somos turcos o kurdos, por nuestros no tan distintos rasgos fafaciales… Todo ello es curioso, divertido.

Estamos a 4 de junio de 2017, y en tan solo una semana deberemos volver hacia los Pirineos, no sin antes terminar el proyecto que empezamos en Irán, y seguimos en Iraq. Ahora llega el momento de culminar esta aventura de la mejor manera. El martes, si no cambian los planes, acudiremos a colaborar con un colectivo que ayuda a mujeres maltratadas de toda la ciudad. No quiero profundizar demasiado en ésta cuestión todavía por si hay cambios de última hora. La situación de las mujeres es delicada y son algo precavidas en cuanto a recibir a estranjeros de un país cuyo nombre nunca habían oído para ayudarles. Son centenares de mujeres las que acuden semanalmente en busca de ayuda… Creo que todo saldrá bien. En todo caso, en cuanto tenga más noticias al respecto seréis los primeros en saber sobre ello. De momento seguiremos por las calles de la antigua Constantinopla degustando su vida.
Visitando los nuevos amigos en “Qirix Sanat”, disfrutando de las pequeñas cosas que hacen que la vida sea grande. Imposible no pensar en que todo esto quedará pausado para volver al país de los Pirineos por un tiempo. Pausado porque volveré aquí, no cabe duda. Aunque a decir verdad, en mi también están las ganas de reencontrarme con mis amigos allá de donde provenimos, de estar con todos vosotros. Uno siempre hecha de menos ciertas cosas vaya donde vaya y aprende con el tiempo a valorar lo que tiene. Yo lo tengo todo, de eso no cabe duda. Familia, amigos que son familia, hogar, cuantiosos recuerdos y un corazón lleno de memorias inolvidables. No le puedo pedir más a la vida.

Bir Çay, (un té), le pido a Burhan, en su antiguo e único local hecho de ladrillos granates con grandes vigas de acero en los arcos de las puertas mientras la noche nos obsequia con frescas brisas de aire a través de los balcones. Así acabamos la noche, apaciblemente.

Sinceramente,
Francesc.
Desde Beyoglu, Estambul.


 

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