Es un sentimiento de libertad pura el que invade el cuerpo y la mente de aquel que compra un billete solo de ida. Sea cual sea el destino, porque la vuelta, está por determinar. Saber que uno puede volver cuando quiera, o cambiar de destino, volar para visitar a alguien o volar para descubrir nuevos horizontes… Eso es romper con el tiempo. Quebrar lo que antes parecía normal para darse cuenta de que eso que creemos normal dentro de nuestra limitada percepción no es más que algo banal en ocasiones. No para todo el mundo claro está, cada uno tiene su visión de uno mismo y del mundo que le rodea.

Lo que vengo a decir, es que cuando uno sobrepasa esos límites que cree tener, por insignificantes o por trascendentes que puedan ser, se libera. Se da cuenta de que la libertad del individuo está al alcance de muchos. La libertad… Aunque va mucho más allá de quebrar horarios y costumbres, rutinas o obligaciones. Cada decisión tomada individualmente para acercarnos a ella es igual de importante que la suma de todas ellas. Todo, absolutamente todo lo que hacemos para conseguir ser quienes queremos ser o estar donde queremos estar, es de vital importancia. Simplemente consiste en no olvidarse de uno mismo.

No sé a dónde me llevará todo esto, sinceramente lo digo. Pero así lo he querido desde un principio. Desde el primer instante en el que decidí «dejarlo todo» para salir en esta peculiar búsqueda personal supe que ante mí se extenderían numerosas opciones y caminos por dónde vagar a mi antojo sin tener una hoja de ruta. Esa libertad, que para algunos puede ser sobrecogedora, es para mí la mejor compañera de viaje. Me ha permitido desde un principio observar cuantiosos caminos alternativos desde otro punto de vista. Las ideas han ido y venido, algunas con color, otras en blanco y negro. La textura de las cosas ha cambiado con el paso del tiempo y la suma de una serie de circunstancias ha hecho que ahora me encuentre aquí, en un pequeña terraza donde paso largas horas contorneando la silueta del horizonte con la mirada.

Unos días de reflexión, con un sentimiento de tranquilidad que acrecienta con el paso de las nubes y aves que esta región posee.
Por las noches, mientras me estiro a cielo abierto en la terraza, una lechuza viene y va posándose ocasionalmente cerca de mi sin que se perciba de que la observo silenciosamente. O quizás si sea consciente de mi presencia y sea ella quien venga a verme pensando que soy yo el que no es consciente de ello. En ambos casos, esos pequeños momentos hacen de la oscura noche algo más bello todavía, como si no lo fuese ya.


Empieza aquí una nueva etapa la cual me emociona especialmente, no tanto por el hecho de salir a viajar a donde se me antoje, sino más bien por el valioso tiempo del que voy a disponer próximamente. Porque eso compañeros, ese tiempo del que todo el mundo habla, no está a la venta. O sales a por él, o éste, escurridizo como es, se pierde para siempre. No existen las segundas oportunidades. Solo sucede un vez. Quizás no sea el mayor vividor que existe, no soy de los que vive siempre el día a día, el «momento presente» como filosóficamente se oye decir, pero sí soy consciente de que no quiero ser prisionero de mis propios deseos sin hacer nada para realizar aunque sea unos pocos de ellos.

Yo deseaba salir a la aventura sin fecha de vuelta, para disponer de una total libertad en el camino, deseaba viajar ligero, tanto física como mentalmente, deseaba disponer de tiempo para hacer lo que quiero hacer, sin prisas, y deseaba hacer algo que me llena por dentro.
Así pues, todo eso y espero que mucho más, es lo que he salido a buscar. Quizás lo encuentre, o quizás no, aunque estoy dispuesto a reconocer mis errores cuando los cometa y dispuesto a enorgullecerme cuando acierte. Todo me vale, porque lo que me importa ahora es no dejar pasar la oportunidad de probarlo.

Mi hogar durante unos días…

En unos días sale un avión hacia Turquía, en el cual me montaré emocionado, sabiendo que me esperan en la antigua Constantinopla buenos y viejos amigos que hice hace unos años. Hacia allí me dirijo, con un pasaje de ida únicamente y con la misma ilusión que siempre me ha acompañado en todos los viajes que he realizado. Mi querida Estambul, allí empezó una bonita historia hace tiempo y allí se le dará continuidad a algo más grande.

Tras lo que me espera en sus calles, y como ya saben algunos, viajaré a Serbia, donde pretendo establecerme un tiempo cerca de la frontera croata para prestar mi ayuda a algunos de los muchos migrantes que esperan un día poder entrar en la famosa Europa. Allí he encontrado un grupo de gente (No Name Kitchen) que lleva a cabo una gran tarea desde hace tiempo y allí quiero dedicar parte de mi tiempo. Qué mejor que disponer de algo de tiempo en esta vida y compartirlo a la vez con quiénes necesitan ayuda.

Es curioso cómo las piezas de este rompecabezas han ido encontrando su lugar. La diferencia entre la idea inicial, y muchas otras que rondaban mi cabeza hace unos meses y ésta es cuantiosa. Pero eso no hace más que demostrarme de nuevo la importancia de disponer de un pizca de libertad y estar abierto a que sucedan las cosas. Aunque también me hace reflexionar, estaba todo esto escrito desde un principio? Si no hubiesen ocurrido ciertas cosas en estos últimos meses, habría yo cambiado de planes varias veces y buscado este camino? No lo sé con certeza, aunque algo dentro de mí siempre me ha llevado hacia un lugar en el que me siento bien por dentro. Lo llaman «intuición«.


«Dejo atrás cuantiosas cosas que seguramente voy a añorar. Lugares, personas, sentimientos… Aunque no me inquieta, porque volveré a por lo que ya extraño»

Eso es libertad.


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