Las vistas desde la universidad de derecho de Estambul

«De té en té y tiro porque me toca»

La línea 35 o la 35c son las que llevo usando estos últimos días para desplazarme por esta vasta ciudad. Es una suerte que estas líneas me lleven sin cambios de autobús allá donde paso más tiempo desde donde estoy viviendo ahora. Desde Kocamustafapasa fácilmente llego a Taksim, Karakoy, Eminonou, Beyoglu y algunos lugares más en los que cada día que pasa descubro nuevas cosas. Mis amigos están esparcidos por toda la ciudad, tanto del lado europeo como asiatico. Y aunque las distancias son largas, cuando uno no tiene horarios ni obligaciones, pues como que todo se vive de otra forma. Sin prisas me dejo llevar de aquí para allá. Sin obligarme a nada, y joder, que bien sienta esto pienso mientras pateo calles y calles con música en alguna ocasión y con el sonido de la ciudad en otras. Un desayuno turco por la mañana en el barrio, luego le sigue un té unas calles más lejos, y de ahí un paseo y a comer algo con otro té, claro está. «De té en té, tiro porque me toca».

Luego, como no podría faltar en la dieta equilibrada mental que estoy ejerciendo, una siesta sin alarma. Y, cuando ya se va poniendo el Sol de vuelta a la calles. Otro té aquí, otro allá, acabo un libro, empiezo otro, escribo, unas risas con los amigos, picar algo, pasear, conocer más personas y sentirse cada vez más uno de ellos, si es que no lo soy ya… La verdad es que paso más bien desapercibido aqui y eso me agrada. Según me dicen en muchas ocasiones, tengo cara de turco.

Si ya me parecía barata la vida aquí en otra ocasiones viniendo de países europeos, ahora, los precios de las cosas en los lugares que visito regularmente han cambiado. Me he hecho amiguetes en varios sitios y el té ya no me cuesta 0,16 céntimos por ejemplo, ahora lo pago 0,12 donde Ahmed. El menú del chiringuito del barrio que antes pagaba 1,17 euros (plato de arroz con garbanzos y pollo más bebida gaseosa) ahora lo pago 1 euro. La devaluación de la moneda hace que si uno es un pelín espabilado pueda vivir aquí con muy poco. Claro que sí te vas a tomar una cerveza al centro de Besiktas, pues te clavan fácilmente 4 euros. Hay para todos los gustos.


Qirix Sanat, Estambul
Qirix Sanat

Yo soy muy de comer en la calle, y quizás esa ligera pasividad con la que vivo de vez en cuando sea lo que me produjo pasar una noche vomitando y sudando a chorros. Vete tú a saber que habría comido o bebido que me pudiese sentar así de mal. Aunque eso no quita el hecho de que siga haciéndolo. Estuve a punto de acudir a urgencias pero tozudo como lo puedo llegar a ser preferí aguantar lo máximo posible. Y asi, en dos días se me pasó el malestar. Por otra parte, tampoco tengo un seguro de viaje, llevo dos semanas diciéndome «compra un seguro de viaje, compra un seguro de viaje» pero nunca lo hago. Y os confieso algo, nunca he tenido uno, en ningún viaje… Ni cuando recorri 4000 kilómetros en bicicleta por Europa, ni en aquel viaje en autostop, ni cuando viajé por Irak… Así soy de optimista, o de idiota. (No me juzgueis)

Volviendo a la comida, que me desvío fácilmente del tema, me gustan las paraditas de mazorcas de maíz callejeras, las de castañas, las de pipas y las de panes que te ofrecen vendedores ambulantes mientras cargan las bandejas sobre sus hombros, y como no, los kebabs. Me gusta la comida de aqui. Sabrosa, variada, fresca. Pero de vez en cuando también me doy el lujo de comer una pizza, o más bien «lahmacun» que son las pizzas de aquí, o alguna que otra hamburguesa casera.


Las vistas desde Karakoy

Estambul tiene mucho que ofrecer al turista, pero mucho más al viajero, quien sabe que las ciudades las forman las persona más que los monumentos. De estar charlando sobre golpes de estado y política en la universidad de derecho por la mañana paso a estar hablando sobre el PKK con un kurdo, un turco y un afgano. De ahí, a hablar de muchas cosas más, de un lado para otro mientras cada vez comprendo mejor esta bonita cultura. Si ya estaba enamorado de Estambul, ahora lo estoy más. Me siento aqui un poco como en casa, así de simple.

Cada día conozco a alguien distinto, con su propia historia que contar, y cada día también, suceden cosas maravillosas, cuando uno es receptivo a que sucedan claro. Cuando llegué a Estambul, mientras hacía cola en aduanas para sellar el pasaporte, conocí a un iraní que hablaba mejor catalán que yo. Y por casualidades de la vida, su familia es de Shiraz, ciudad en la que estuve hace ahora de un par de años y donde hice tan buenos amigos. Quizas recordéis aquella historia en la que intenté mandar dinero a uno de esos amigos y me bloquearon la cuenta y pidieron explicaciones, a la vez que también me insinuaban unos meses antes de que un dinero que saqué en un cajero de Erbil, en Irak, podía ser utilizado para financiar el «Estado Islámico». Pues si, resulta que Ali era de allí, de Shiraz, la màgica Shiraz, a sesenta kilómetros de Persepolis, la que una vez fue capital de la antigua Persia. «Mi madre no me va a creer cuando le diga que he conocido un andorrano que ha viajado más que yo por irán» decía riendo a carcajadas Ali para luego pedirme de describirle ciertas ciudades iraníes que el todavía no había visitado. Llevaba varios años viviendo en Barcelona, y evidentemente echaba de menos su tierra.

De la misma forma, mientras tomaba algo con mi viejo amigo Baran, el «chacal» turco, conocí a Hazal, y de nuevo por casualidades de la vida, Hazal me contó que llevaba tiempo intentando recaudar dinero para realizar algún pequeño proyecto solidario. Unas semanas atrás había fabricado ella misma unos cojines, todos tejidos a mano y con unos dibujos preciosos de corazones para regalarles a unos niños con cancer de una clínica de la ciudad. En todos los cojines había escrito «LOVE heals». (El amor Sana). Me describía aquello con una gran ilusión y a la vez, con cierta tristeza me decía «Ojalá pudiese hacer más, pero recaudar dinero aquí es complicado cuando uno quiere hacer algo bueno».

Así pues, no tardé mucho en explicarle esos pequeños proyectos que llevamos a cabo nosotros, y como no, le propuse hacer algo con ella. Una pequeña aportación allá donde ella quisiese. «Escoge dónde quieres ayudar y lo llevamos a cabo antes de que me vaya de Turquía». Tras un par de días me envío un mensaje en el que decía lo siguiente:
«Hay un orfanato a las afueras, varios centros de acogida aquí en Estambul, y una escuela en una zona rural sin muchos medios para los 250 alumnos que hay allí. Y allí es donde quiero ayudar, podríamos mandarles material escolar del cual carecen, que te parece?»

A mí, me pareció estupendo, claro que sí. Disponemos de algo de dinero de los proyectos que guardamos de un año para otro justamente para que cuando suceden estas cosas podamos crear algo nuevo. No es que dispongamos de mucho, y una parte de ello me gustaría destinarla en Serbia en agosto, aunque no puedo decir que no a enviar una pequeña ayuda a esos chiquillos…

El ferry que une Karakoy a Kadikoy tarda veinte minutos en cruzar el estrecho, tiempo suficiente para disfrutar de las vistas, de la brisa de aire fresco y de la tranquilidad de las aguas. Tras una hora y media desde que salí de la puerta de casa, llego al fin a Kadikoy donde me reuno con Hazal. Bajita, simpática, tímida, no es una gran habladora, aunque reconoce que si fuese su inglés mejor, todo sería distinto. Tomamos un té, como no, y de ahí vamos directos a la papelería, donde escogemos libretas, lápices de colores, gomas de borrar y toda clase de productos escolares básicos. Mientras nos preparan todo en una gran caja vamos a comprar libros de lectura para varios rangos de edad. El librero nos cuenta que el también, una vez al mes, hace envíos de libros que regala a varias escuelas sin medios. Unos cincuenta libros nos llevamos en dos bolsas para ir de vuelta a la papelería donde empaquetamos todo y lo llevamos a correos. Tras una larga espera es nuestro turno. La gran caja pasa el control, la etiquetan y a volar.


Librería Kadikoy
En una pequeña librería de Kadikoy

Por apenas cinco euros, esta caja va a cruzar toda Turquía para llegar a Yüksekova, una pequeña ciudad muy cercana a Irak e Irán. Es un región delicada por varios conflictos y ciertamente olvidada por las autoridades. A esa escuela, acuden unos 250 niños de varios pueblos de los alrededores. Niños de familias en serías dificultades en muchos casos. Por deciros, que no tienen siquiera para ropa, zapatos… Ahora mismo están empezando a organizar una recolecta de ropa para el invierno, que llegará antes de que nos demos cuenta. Si bien nuestra contribución es pequeña, no deja de ser importante. Eso no lo dudo.

Compañeros, no me alargo mas, no por falta de ganas o de cosas que contar, sino simplemente porque a parte de que me encante escribir, más me gusta vivir las cosas, y ahora mismo, la terraza en la que me encuentro está llena de vida, de personas y de historias a la espera de ser contadas.

Os mando un saludo desde Estambul,
y os digo hasta la próxima, que será una vez en tierras serbias.

Un abrazo,
Francesc Zamora

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